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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 
Comentarios de la Lección 



7 de Junio de 2008 

El significado de su muerte 



Prof. Sikberto Renaldo Marks 



Versículo para Memorizar: "Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, si- 
no para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Marcos 1 0:45). 



Introducción 

¿Por qué razón Jesús tuvo que morir? ¿No alcanzaba con que Él enseñara la obe- 
diencia para que así pudiéramos ser transformados a un punto que, renovados, pu- 
diéramos ser nuevamente aptos para la ciudadanía celestial? 

La muerte de Jesús, ¿no parece una derrota? ¿Cómo es que, habiendo muerto, se 
hizo victorioso? ¿Cómo es que Satanás, habiéndolo matado, lo cual estaba dentro 
de sus planes, terminó derrotado? ¿Cómo es que los soldados romanos, y los sacer- 
dotes -que cantaban victoria por haberlo crucificado como eran sus planes- con eso, 
en realidad, estaban perdiendo la batalla? 

¿Y qué tiene que ver esa muerte con nuestros pecados? Al fin y al cabo, esa muerte, 
¿no se podía evitar de ningún modo? ¿Quién, o qué, exigió el cáliz que Él no podía 
evitar si quería continuar salvando a la humanidad? 

Estas son preguntas que analizamos en la lección de esta semana, y lo continuare- 
mos haciendo durante el milenio y, como si éste no alcanzara, lo haremos durante la 
eternidad. Pero podemos comenzar en esta semana. 



Nacido para morir 

Jesús fue el único Ser humano que nació para morir. Aunque todos los que nacemos 
aquí morimos, el caso de Jesús fue diferente. Los seres humanos pueden, general- 
mente, morir de tres maneras: por la edad, por accidente, asesinato o a través del 
suicidio, y por alguna enfermedad. Jesús no encuadra en ninguna de estas condicio- 
nes. Casi podemos decir que Él fue asesinado, pero no fue el caso. Fue muerto, es 
verdad, pero -a diferencia de todos los seres humanos- su muerte fue planificada 
desde épocas inmemoriales. Y fue por amor. Notemos que Jesús no se mató por 
amor, como podemos ver por ahí, ni tampoco fue muerto porque lo amaban, sino 
porque Él amó. 



Entendámoslo mejor. Jesús fue muerto por el odio que tuvieron hacia Él y, al mismo 
tiempo, por el amor que sintió a favor de los que lo estaban matando. Eso último nos 
incluye a nosotros, que tal vez no lo odiemos, pero nuestros pecados participaron en 
sus sufrimientos. Esa fue, sin duda alguna, una situación exclusiva: morir porque 
amó, en manos de quienes lo odiaban. Evidentemente, detrás de su muerte estaba 
el gran enemigo. Satanás, quien sólo puede odiar, aún cuando ya no tenga posibili- 
dad alguna de salvarse. IVIanipulados por él, estaban los hombres que odiaban, aun- 
que muchos de ellos no tenían idea que lo que estaban haciendo era algo tan ansia- 
do por Satanás. 

Jesús vino para morir, y para salvar a muchos, si fuera posible, a todos. El objetivo 
de su venida al mundo fue la de salvar. Y para esto necesitaba reconciliar a la 
humanidad con Dios, enseñándole a amar a Dios y al prójimo. Pero para salvar a los 
que aceptaran estas enseñanzas, necesitaba morir en lugar de ellos, morir en lugar 
de todos, incluso de aquellos que no lo aceptaran. 

Simeón, en anciano que aguardaba el nacimiento de Jesús antes de pasar al des- 
canso, quedó feliz al ver al Niño. Y dijo que ahora podía descansar en paz, pues ya 
había visto la salvación. Pero le previno a IVIaría lo que pasaría con Jesús, que había 
venido para "contradicción" de muchos, así como para el "levantamiento" de otros. 
Eso quiere decir que las personas debían escoger la vida o la muerte. Jesús vino pa- 
ra ofrecer la vida, pero se podía optar por el enemigo. 

María vería su corazón traspasado por el sufrimiento de ver a su hijo vergonzosa- 
mente muerto en la cruz. Fue la persona que más sufrió después de Jesús, pues era 
su madre. ¿Cómo se sentirá entonces cuando resucite y vea a su hijo viniendo en las 
nubes de los cielos para salvarla? Ella misma, su madre, siendo salvada por su hijo, 
por medio del mal que tanto sufrió cuando lo mataron cruelmente... 

Cómo sucedió (Mateo 27:45, 46) 

Analicemos algunas cosas con respecto a la última semana de Jesús antes de morir. 
Los principales acontecimientos fueron: 

• Domingo: Entrada triunfal en Jerusalén 

• Lunes: Maldición de la higuera y purificación del Templo. 

• Martes: Higuera seca; la cuestión del tributo; los saduceos cuestionan la re- 
surrección; los fariseos cuestionan los mandamientos; el último sermón 
profetice de Jesús; ungimiento de María; Judas se convierte en traidor. 

• Jueves: Jesús es buscado, apresado, juzgado y condenado; Pedro lo niega 
tres veces; Judas se suicida; Jesús es azotado y escarnecido por los solda- 
dos; es crucificado, muere y es sepultado 

• Sábado: La sepultura es sellada y custodiada por la escolta romana. 

• Domingo: Bien temprano, Jesús resucita y proclama la victoria sobre la 
muerte. 

Dentro de tales acontecimientos, lo que se destaca es el enjuiciamiento y la ejecu- 
ción de Cristo. Debo confesar que es difícil comprender estos eventos. Sólo la mal- 



dad humana incitada por el demonio logra que una persona que durante toda su vida 
practicó el bien sea arrestada, acusada de cosas inconcebibles y ser condenado a la 
peor de las muertes. No sin antes humillarlo de la manera más horrorosa posible. 

Después de muerto, cuando la naturaleza que Él había creado se manifestó, admitie- 
ron que habían matado al Hijo de Dios (IVIateo 27:54). Hay muchas cosas de las que 
sucedieron en aquellas semanas que nos dejan tristes. Y surge una pregunta: 
¿Cómo habríamos actuado si hubiéramos estado allí? ¿Lo habríamos traicionado, 
como Judas? ¿Lo habríamos negado como Pedro? ¿Habríamos gritado "¡Crucifíca- 
le!", como lo hizo la gran mayoría del pueblo? ¿Habríamos permanecido en el ano- 
nimato e indiferentes, o asumido una postura de apoyo a Él? ¿Habríamos quedado 
perplejos con los sucesos, no entendiendo nada después de esperar que Él estable- 
ciera un reino terrenal? ¿Habríamos quedado decepcionados con la actitud de 
Jesús? ¿Habríamos huido como la mayoría de los discípulos? ¿O habríamos queda- 
do cerca de Él, como lo hicieron Juan y las mujeres? 

¿Hubiéramos estado conscientes de que Él estaba sufriendo mientras nosotros 
estábamos siendo salvados y perdonados? ¿Hubiéramos comprendido que eran 
nuestros pecados lo que estaba matando al Hijo de Dios? ¿Hubiéramos sido cons- 
cientes de que el sufrimiento físico que Él estaba sintiendo, y que era virtualmente 
insoportable, era infinitamente suplantado por el sufrimiento mental debido al senti- 
miento de culpa experimentado por nuestros pecados? Estas preguntas requieren 
que pensemos mucho. ¡Qué semana fue aquella! 

Pues bien, tenemos otra semana como ésta por delante. Pronto se hará realidad. 
Será esa semana que viajaremos por el espacio con Jesús, rumbo al cielo. ¡Qué se- 
mana será esa! ¡IVIuy diferente, por cierto! 



Lo que logró (Primera parte) 

Pensemos un poco en la palabra muerte. No suena agradable a los oídos, y nunca 
genera una buena impresión. Normalmente nuestra actitud ante ella es la huida. 
Nunca aporta una solución, siempre es un problema. Cuando parecer ser una solu- 
ción, es porque también es el problema. Es decir, si una persona muy enferma, y que 
sabemos que no tiene posibilidad de sanarse y sufre terriblemente por ello, cuando 
muere generalmente decimos: "Por fin está descansando". Esto porque la muerte re- 
solvió la situación. Pero, en verdad, no es tan así. La solución bien podría ser otra, o 
sea, la curación, así como Jesús hacía con los enfermos de su tiempo. 

La muerte siempre es el problema, y la vida siempre es la solución. Sin embargo, la 
muerte de Jesús fue la solución. El vino para resolver nuestro problema a través de 
su muerte. 

Imaginemos que estamos en un avió y el piloto ha sufrido una súbita indisposición y 
está por morirse. Si esto sucede, moriríamos todos, pues el avión caería. Pero como 
este ejemplo es muy fantasioso, supongamos que la muerte segura del piloto puede 
ser sustituida por la muerte de un solo pasajero, si hubiera uno dispuesto a cambiar 



su vida por la muerte del piloto, para así salvar a los demás. El tal sería aclamado 
como héroe, ¿no te parece? 

Así sucedió en el caso de la muerte de Jesús. Al morir, una vez sufridas las angus- 
tias que siempre aporta el pecado, como lo es el sentimiento de culpa que todos los 
seres humanos experimentamos, resolvió nuestro problema: tener que morir para 
siempre porque somos pecadores. 

La muerte de Jesús fue el único caso de todos los tiempos en los que esa muerte se 
convirtió en una solución para los seres humanos, y un problema insalvable para Sa- 
tanás, que por ella fue derrotado. ¡Qué muerte más curiosa! ¿No crees? Al mismo 
tiempo que es una solución, es motivo de derrota para Satanás, aunque lo que Él 
quería era matar a Jesús. Satanás quiso todo el tiempo matar a Jesús, pero Él no 
quería que muriera sin pecar. Y eso fue lo que Satanás no pudo lograr. Ocurrió todo 
al revés, como Satanás no quería que pasara, o sea que Jesús muriera exceptuado 
de culpa por una acción propia. 

En realidad, esa muerte fue una lucha: de parte de Satanás y sus agentes, intentan- 
do a toda costa hacer que Jesús perdiera la cabeza y cometiera un pecado, aunque 
fuera pequeño. Y de parte de Jesús, su lucha fue la de mantenerse obediente hasta 
la muerte. 

En ese domingo por la mañana, y en ese mismo día, al ser recibido en el trono Ce- 
lestial, antes de volver a la tierra nuevamente, fue aclamado como Vencedor, pues 
soportó la muerte, ¡y qué muerte!, viviendo sin cometer pecado alguno. Esa muerte 
fue la más provechosa de todos los tiempos, y también la más sufrida. 



Lo que logró (Segunda parte) 

Vamos a analizar dos conceptos que la lección presenta: la propiciación y la reconci- 
liación. 

La propiciación (o expiación, consternación, amargura, luto, pesar, suplicio, tristeza, 
tribulación), hace referencia al acto realizado en búsqueda del restablecimiento de la 
paz con Dios. O sea que Dios está airado por algún motivo, y ese motivo es el peca- 
do. 

Pero, en el caso de Dios, esta cuestión necesita ser mejor entendida. Nuestro Dios 
no necesita aplacar su ira, como supuestamente los dioses que no son capaces de 
serlo. ¿Y qué es la ira de Dios? El no está airado con el pecador, sí con el pecado 
del pecador. Es decir que Él está extremadamente contrariado por la contaminación 
que se ha producido en sus criaturas, porque así las está perdiendo, y ellas están su- 
friendo la agonía de una muerte lenta. Ese es el motivo de la ira de Dios. En otras 
palabras. Él está furioso con los motivos que llevan a sus criaturas a sufrir la muerte. 
Para que este proceso acabe de una vez. Él envió a su Hijo, para morir en lugar de 
sus criaturas, que Dios ama, para que ellas dejen de tener que pasar por la expe- 
riencia de esta tortura. Dios está airado con Satanás, y lo que ese enemigo ha pues- 
to dentro de nosotros. 



¿Y cómo se resuelve eso? A través de la reconciliación. ¿Y qué es la reconciliación? 
Ella se materializa a través de la muerte de Jesús, quien, asumiendo nuestros peca- 
dos y culpas, y sus respectivas consecuencias, vino a morir. Jesús murió de dolor en 
su conciencia por sentir la culpa de algo que Él nunca cometió. El que nunca pecó, 
se hizo pecado, para así liberarnos de la culpa. 

Aquí surge la reconciiiación. La tendencia a pecar que fue inculcada dentro de noso- 
tros, empezando por Adán y Eva, y continuando a lo largo de los siglos, a partir de la 
muerte de Jesús puede cambiar de rumbo. Al entregarnos a Jesús, lo hacemos por- 
que estamos sintiendo el deseo de cambiar. Ese cambio puede darse porque todos 
los pecados que habíamos cometido fueron pagados en la cruz. Esto significa que, si 
lo deseamos, no haya más un proceso judicial contra nosotros en el tribunal celestial, 
puesto que todo ya está pago. De nuestra parte, para que esto último sea una reali- 
dad, alcanza con que creamos en Cristo, en lo que Él hizo, deseemos el perdón, y 
permitamos que Él nos transforme en seres capaces de ser buenos nuevamente. 
Desde el momento en el que sintamos el anhelo de cambiar, y esto significa una 
conversión en nuestro rumbo, el Cielo -a su vez- puede operar en nosotros esa 
transformación. 

¿Y qué es transformación? Es la capacitación para obedecer la Ley del amor, y au- 
mentar continuamente el deseo de no pecar más. 

¿Qué es entonces la reconciliación? Es el cambio de nuestra naturaleza, no la de 
Dios. Nosotros volvemos a tener la capacidad de amar en vez de odiar. De este mo- 
do pasamos a amar a Dios (reconciliados con Él), y amar a nuestro prójimo (reconci- 
liados entre nosotros). 



La seguridad del universo 

La lección presenta un enfoque poco conocido con respecto a la muerte de Jesús. 
Ella no fue sólo un beneficio para los seres humanos de nuestro planeta, sino para 
todo el universo. 

En nuestro planeta todos necesitamos de la cruz para salvarnos. Pero en otros pla- 
netas ellos necesitan la cruz para permanecer salvos y sin sufrir la amenaza del po- 
der del enemigo. Estarían literalmente indefensos ante Satanás de no ser por la cruz. 
Con esto estamos diciendo que Satanás, de algún modo, podría llegar a engañarlos. 

Mejoremos nuestro entendimiento acerca de esta cuestión. Cuando un tercio de los 
ángeles celestiales, que servían junto al trono del Creador y Dios Todopoderoso, ca- 
yeron siguiendo a otro líder, eso se evidenció en una cuestión crucial: Lucifer, aun- 
que había actuado de modo impropio, ¿no habría tenido alguna razón al rebelarse 
contra Dios? ¿Estaba realmente tan equivocado Lucifer? ¿Será que sus argumentos 
no habrían tenido al menos algún fundamento que no habían podido ser notados por 
alguno de los demás seres del Universo? 



El contexto de estos cuestionamientos surge de varios hechos. Lucifer era el ser más 
glorioso, inteligente y sabio de todos los demás creados. Estaba por encima de todas 
las demás criaturas, únicamente Dios estaba por encima de él. Evidentemente, no 
podemos dejar de tener en cuenta que Dios era, y es, infinito en todos sus atributos, 
y Lucifer, como todas las criaturas, es finito. Entonces, considerando el poder y inte- 
ligencia de Lucifer, fácilmente surgió en la mente de las criaturas menos dotadas de 
poder intelectual algo así como: "¿No estará Dios escondiéndonos algo que Lucifer 
sí pudo descubrir y que, al revelárnoslo, sería inconveniente para Dios? 

Notemos: los seres del universo podían no estar de acuerdo con la metodología de la 
respuesta de Lucifer, pero, aún así, algo podía estar funcionando mal en el gobierno 
de Dios. ¿Arriesgaría Lucifer su reputación, su posición en el cielo por nada? ¿O era 
sólo ambición, como se decía por ahí? 

Pues bien, sin la cruz, estos cuestionamientos martillarían las mentes de las criaturas 
no caídas durante toda la eternidad. Además, podrían dejar un resquicio para que la 
rebelión surja otra vez, y eso significa un elemento de inseguridad para todo el uni- 
verso. A través de la vergüenza de la cruz podemos saber que el mal no se levantará 
por segunda vez, y eso es un elemento positivo de seguridad para todos (Nahúm 
1:9). 

¿De qué modo la cruz sirve como elemento de seguridad para todo el Universo? Es- 
ta seguridad se extenderá a lo largo de la eternidad. En la cruz el Universo pudo ver 
el amor de Dios. Aquello de lo que Dios siempre hablaba, que Él es amor, y que ama 
a todos, en la Cruz eso se volvió irrefutable. Allí el Universo pudo ver a su Creador 
muriendo humillado por un puñado de pecadores, masacrado por los pecados de to- 
dos los seres humanos, sin queja alguna; por el contrario, perdonando a todos. 

Ese fue un día triste para el Universo. No hubo ser creado que no llorara en ese día, 
viendo a su Creador ante el enemigo, humilde, como siempre había dicho que era. 
Allí demostró que perdonaba a aquellos que lo estaban masacrando y humillando. 
Allí el Universo pudo ver quién era quién; quién ama de verdad, y quién odia sin po- 
der contener su odio. Quién tiene la naturaleza de odio, ¿puede contener sus inclina- 
ciones a la destrucción? Sin la transformación, eso es imposible para todos los seres 
caídos. 

La cruz es una garantía para el Universo, porque en ella Dios probó quién era real- 
mente El, y a través de ella se probó que los argumentos de Satanás, antiguamente 
Lucifer, son totalmente falsos. Los dos lados se revelaron plenamente, sin dejar 
algún margen para la duda acerca de lo que era el carácter de Cristo y el de Sa- 
tanás. Desde la cruz en adelante no hay ningún margen para la duda, no hay posibi- 
lidad de que existiera una verdad escondida en la mente de Satanás que pudiera re- 
velar algún secreto desconocido por todos, que vendría a fragilizar el gobierno de 
Dios. 

Sólo resta ejercer un poco de paciencia. Imagina que Satanás tuviera alguna razón, 
aunque mínima, en sus argumentos contra Dios. Pronostiquemos lo que podría 
acontecer. Es fácil visualizar el futuro: totalmente inseguro, ¿no es así? ¿Y eso por 
qué? Porque Dios no sería nunca más alguien totalmente confiable. Y Lucifer, menos 



todavía. Imagina que, aún teniendo alguna razón en contra de Dios, seamos gober- 
nados por alguien que actúa como él que, para lograr algo, destruye a todo lo que se 
le cruza por delante. Partiendo de este argumento, ni Dios ni Lucifer serían confia- 
bles ante los demás seres del Universo. ¿Alguien podría ser nuestro soberano? No. 
Los seres creados vivirían para siempre bajo el miedo de un Dios que no se revela 
por completo, que no es del todo confiable, y teniendo en su gobierno a un opositor 
con el carácter malvado como Satanás. 

Esta tesis perdió toda su fuerza en la cruz, ya no tuvo más ningún sentido pensar al- 
go parecido. El Universo puede respirar aliviado y sentirse seguro bajo la soberanía 
de Dios, porque Él, realmente, es Amor. 



Aplicación del estudio 

Cuando Jesús dijo "Consumado es". Él estaba diciendo que el autor del drama del 
pecado estaba vencido, y ahora el hombre podía ser liberado de muerte para vida. Y 
como ya hemos visto, le dijo también al Universo que ahora podía ser plenamente 
consciente de quién era el que decía la verdad, si Dios o Satanás. 

En la muerte victoriosa de Jesús se resolvió otra cuestión vital para la existencia del 
Universo: se garantizó la vida de todos los seres bajo la Ley de Amor de Dios. Si 
Jesús hubiera fracasado, es difícil cómo hubiera quedado la situación, pero una cosa 
es cierta: Dios y todos los demás seres del Universo tendrían que soportar a Satanás 
como oposición para siempre. Jesús habría quedado en inferioridad de condiciones, 
sujeto al poder de Satanás, quien lo habría vencido, tal vez convirtiéndolo en un va- 
sallo. ¿Cómo habría terminado Jesús, la segunda Persona de la Trinidad? Es una si- 
tuación complicada. Su humanidad estaría bajo el poder de Satanás, pero su Divini- 
dad, como Creador, al Padre. Que cosa complicada, difícil de resolver a través de 
nuestro raciocinio. Pero eso, o algo parecido, es el riesgo que Jesús asumió al con- 
vertirse en un ser humano para morir entre nosotros, en una batalla de repercusiones 
eternas. 

En el caso de la victoria de Cristo, la repercusión eterna fue la eliminación, para 
siempre, de la posibilidad de un nuevo resurgimiento del pecado. Pero si Jesús era 
derrotado en la batalla en la que Él, en el Getsemaní, sintió temor, el partido del mal 
no podría haber sido derrotado. Aquella batalla fue la definitiva. Satanás, o habría si- 
do derrotado para ser luego eliminado, o vencería al frágil Hijo del Hombre, en condi- 
ción humana. 

¿Cómo podemos explicar la previsión de que el mal no se levantará por segunda 
vez? En la Cruz se probó de manera concreta y radical la dimensión infinita del amor 
de Dios. El siempre había dicho que es amor, y de eso, por lo que sucedió en la cruz, 
no queda duda alguna. Pero aún así, sabemos que no hay decreto, de ese momento 
en adelante, que prohiba que en el futuro alguien se rebele nuevamente contra Dios. 
Todos nosotros seremos libres de hacer elecciones, como siempre lo hemos sido. 
¿Cómo pues surge esta certeza profética de que el mal no resurgirá nuevamente? 



De dos maneras. En primer lugar, si otro ser inteligente reiniciara una campaña en 
contra del Hijo de Dios, ¿alguien le creería, dudando del amor de Dios, después de 
lo que Jesús hizo en la cruz? 

Por otra parte, es inadmisible que, después de tamaña demostración de amor, al- 
guien todavía osara levantarse contra Dios. Nadie más, hasta el futuro de la eterni- 
dad, sentirá algún deseo de ser igual a Dios, o de desafiarlo. Y eso porque todos 
sabrán que, si eso sucede otra vez, Jesús iría nuevamente a una Cruz para morir por 
los que Él ama. Nadie más se atreverá a matar a Jesús por segunda vez, porque su 
amor probó que Él es capaz de superar todos los desafíos, vencer todas las batallas, 
aún en condiciones de inferioridad en las que estuvo Jesús. 

Después de la cruz, los seres inteligentes amarán tanto a Jesús que jamás alguno de 
ellos dejará de amarlo. Simplemente por eso. 



Prof. Sikberto R. Marks 




Traducción: Rolando D. Chuquimia 
RECURSOS ESCUELA SABÁTICA © 



Comentario da Ligao da Escola Sabatina 



© Prof. Sikberto Renaldo Marks 

(marks@unijui.tche.br) 

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